¿Existe la mujer?

Helen Vigil
Helen Vigil. Ella in the garden IV. Foto collage sobre papel algodón. 2018

Creamos luego existimos.
Museo Provincial de Huelva. Miss Whitney 13
Salas 0 y 21.
Hasta el 28 de Octubre.

Lirian y Caren Ruciero. Verónica Ruth Frías. Claudia Frau. Ángela Moyo. Carmen Olivier. Rocío López Zarandieta. Marta Beltrán. Ángeles Cadel. María Cañas. Veredas López. Lala Arqueros. Tonia Trujillo. Virginia Saldaña. Helén Vigil. Carmen F. Sigler. Anna Jonsson. Pilar Lozano. Charo Corrales. Sara Kahlo. Beatriz Ros. Ángeles Santotomás. Ana Ruesga.

Toda lucha, toda reivindicación, ha sido desde siempre una fuente de inspiración para la creación artística. Aunque más bien podríamos decir que es la creación artística la que precisa de una reivindicación para dotarse de un sentido más allá del que puede obtener de sí mismo. Bajo el comisariado de Davinia Román, Rocío Márquez y Esperanza Domínguez se presenta en el museo provincial de Huelva a veintitrés autoras de distintas generaciones y disciplinas artísticas. La selección de obras, que oscilan desde la tradicional pintura sobre lienzo hasta un videojuego, pretende dirigir la atención sobre la presencia—ausencia—de la mujer y los discursos feministas en el status quo del arte contemporáneo actual. Y así como la cuestión de la sexualidad femenina va más allá del reconocimiento de ciertos derechos, esta muestra busca reprogramar un sistema y eliminar el principio de reclamo de sumisión asignado a la mujer y sustituirlo por una posición de base subversiva plena de singularidades. La empresa no es fácil y exige valentía. Enfrentarse a un sistema que resiste a todo hackeo en un territorio cuya historia  surge más bien como devaneo anecdótico exento de rendir cuentas al devenir, incluye caminar por el precipicio.

Anna Ruesga
Anna Ruesga. Las Hilanderas. Estampación textil sobre seda Tussah, esparto, acetato, brea, papel mulberry, cáscara de cebolla. 2018

A pesar de la innegable transcendencia para el feminismo y la importancia de esta lucha, necesaria lucha, para las 23 artistas y sus comisarias, que cada día se enfrentan desde su condición de mujeres en un mundo construido para hombres, ceñir las obras presentadas a la esfera del debate político limitaría el alcance de este grupo de artistas empobreciendo la universalidad esencial de sus trabajos.  La sumisión a la glosa, que esperemos sea innecesaria en un futuro, no desarticula el discurso presente en las salas de la muestra. Antes bien el intenso diálogo generado que se produce en el nuevo territorio nos va indicando múltiples itinerarios por los que conducir nuestra mirada guiados por una especie de urgencia emocional. La muestra no se limita, como era de esperar de sus comisarias, a la alcayata y el pedestal. El espacio expositivo se extiende a diversos talleres, visitas guiadas, mesas redondas y otras actividades—no dejamos de sentir cierta predilección por la dedicada a la arqueóloga Juana Bedia—.

Toda lucha comienza por reconocerse reflexivamente en una condición independiente dentro de un sistema categorizado. Sobre la diferenciación de sexos  es preciso entender que la sexualidad en ciertas condiciones se presenta como algo más que un simple disfraz y que en la posición de una máscara impuesta acecha el peor de los peligros: la pura y llana negación del ser.

PEPE Álvarez

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Javier Map. Cuéntaselo a las Ranas.

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Javi Map. “De cómo meter un árbol calcinado en el Congreso (…esperando a que sucediera algo)”, 2018. Envío postal. Contenido: Papel con texto (“Un árbol”) escrito con polvo de ceniza de un árbol calcinado de Doñana. Sobre dirigido al Congreso de los Diputados, remitido por “Doñana”..
papel Fabriano, 56 x 76 cm. 2018

Como podríamos haber dicho siempre decimos ahora: Si el arte tiene una función fundamental es la función crítica. Pero ¿puede el arte hoy día seguir siendo crítico en el marco de la cultura? Kant inaugura una nueva fase en la filosofía, todos lo sabemos, llevándola a cotas entendidas como inferiores escribiendo para el público común, planteando un conocimiento más allá del “noli me tangere” en el que la filosofía tradicional esclerotizaba el pensamiento. Así pues: ¿Está la cultura tal y como la entendemos hoy día, levantando nuevas fronteras allí donde la filosofía las había inutilizado?

Normalmente la crítica viene a señalar cierta urgencia de expandir las capacidades significativas de una obra dada y sus posibles interpretaciones. Esto es, agrandar. Señalado por la propia etimología que la asocia con palabras como grito. Pero hay obras cuyo rango de sensibilidad y lirismo es tan elevado que permite al acto crítico mantenerse vivo aún cuando sus contenidos son agotados.

Es preciso escuchar al autor—sin referirnos a su genialidad, si es que tal cosa existe—. La base de la civilización así lo requiere. Y hablamos en el sentido más antropológico posible. El ser humano se civiliza cuando puede al fin liberarse de los mecanismos de recepción sensorial cuyo único fin es mantenerlo vivo en un escenario hostil. Emerge entonces el juego como extensión significativa concediendo cierta relajación y permitiendo llenar vacíos en conocimientos de orden superior a la mera supervivencia.

Como resultado de este relajamiento surge pues el absurdo, la ruptura con una lectura real directa a favor de la metáfora y la metonimia. La representación viene a ser la raíz principal de todo arte. Esa operación consistente en la sustitución de algo con la intención de satisfacer valores inherentes a lo sustituido. Es una sustitución que no implica fraude o impostura sino más bien transferencia entre contextos. Y desde los planteamientos de la modernidad donde se conciben  estatutos de verdad de la representación sobre lo representado hasta los diversos post- que intentan establecer una conexión entre los dos factores de la ecuación en un escenario fragmentado a través de la cita y la ironía; su búsqueda se afana siempre en una extensión de los márgenes donde se confronten ideas, se sufraguen pensamientos y se solapen realidades.

El sintagma nominal “un árbol” aparece en tipografía tradicional escrito en una hoja apaisada. Letra negra sobre fondo blanco. Escrito a partir de las cenizas recogidas por el autor en el escenario de un incendio forestal que devastó casi 9000 ha de pinares y afectó al parque nacional de Doñana, declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que mostró a las claras no solo la fragilidad del parque sino la vulnerabilidad ante los peligros asentados en sus límites y la falta de mecanismos para una protección efectiva ante ellos. La obra fue enviada al Congreso de los Diputados en un sobre cuyo remitente era Doñana.

Con un breve gesto la obra pulveriza la semiótica de Peirce. “Un árbol” es signo, es índice y es símbolo a la misma vez, pero todo ello desde el punto de vista de la destrucción de lo representado. No es un árbol, no es la ceniza sacada del caos de los restos de un incendio en un pinar y reordenada en siete letras con un patrón de sentido caústico lo suficientemente burocrático y antipoético como para ser entendido sin mayores problemas por aquellos a los que iba dirigido, mentes administrativas que difícilmente ven más allá de su orden del día o el membrete al que rinden sus esfuerzos. Por encima de todo es un medio ambiente amenazado que a través de esta obra lanza un grito emergente de sus cenizas. Un grito que denuncia la pasividad de las instituciones en los cuidados y protecciones de un medio tan valioso como frágil y vulnerable cuya variedad de ecosistemas se encuentra en constante amenaza por la actividad industrial que se lleva a cabo en sus límites.

Pensemos, al menos permitámonos pensar en el arte más allá de la estetización de la vida cotidiana, de espectáculo o ritual de una función simbólica representada. Más allá de una visión como apéndice de un entretenimiento industrializado. Es entonces cuando nos topamos con la incapacidad de lo que venimos llamando cultura para dar coherencia a una representación del mundo levantando fronteras difícilmente franqueables, imposibilitando con ello que se hagan realidad las promesas que ella misma como institución viene a hacer. El arte es un canal en sí mismo, pero condenado a ser neutralizado por otros muchos canales que compiten con él; la lucha es feroz y la cultura, como instrumento de neutralización, su mayor enemigo. Todo funeral es una conjura de presente, eso sí, recogiendo cenizas de la devastación el arte puede aún proyectar futuros.

 

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PEPE ÁLVAREZ

El (Sin) Sentido de la (No) Nada. Arturo Comas en La 13 Dadá Trouch Gallery.

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La trece Trouch Gallery inicia su camino por el desfiladero del sentido con una exposición del artista Arturo Comas (Sevilla,1982) cuya obra levanta un conato de sospecha sobre las cualidades del lenguaje a la hora de articular la realidad que habitamos. Si en el principio fue la palabra, esta se mostró insuficiente para expresar el mundo que nos rodea. De manera inevitable a todo mensaje se escapa una parte de sentido que lo hace, no solo insuficiente como herramienta de expresión por parte de un sujeto, sino, más allá, incapaz de retener significados y fijarlos. Es preciso hacer implosionar, por usar la terminología de Wittgenstein, el lenguaje desde su mismo centro, quemar la escalera que nos permite subir al piso de arriba.

Arturo Comas trabaja desde las fisuras expresivas por donde el contenido significativo de un lenguaje tiende a escaparse. Deconstruyéndolo y ampliando sus márgenes posibilita la liberación del espíritu de lo finito o más bien al contrario, muestra su total dependencia física. Un ejercicio de ablandamiento, en todo caso, de ciertas cualidades del lenguaje endurecidas por el confiscamiento del código por parte, no de un poder al que señalaría Foucault, sino, aún peor, por la fuerza de un entrópico hábito. Se trata pues, no tanto de una destrucción como de un acotamiento efímero dentro de un nuevo campo de posibilidades positivas.

Borges decía que el idioma español tiene una palabra para cada cosa. Un localismo como trocho, palabra que desactiva cualquier índice de malicia en una broma, pero también en una profundidad alojada entre un temor opresivo y una liberación exaltada, lo demuestra. Lo trocho ahuyenta el peso del mundo pasando de puntillas sobre los significantes que lo abruman, resquebrajando con su bufonería la coraza del guerrero o la persistencia del reló. La 13, Dadá Trouch gallery—hasta su intento de deslocalización en su giro hacia la lengua franca es trocho—abre sus puertas con la intención de liberarnos del trauma al que nos condena el uso—y abuso—del lenguaje, la semántica convencional y la razón instrumental, aislando los pocos elementos de realidad (Ballard) contenidos en la mezcla de ficciones y fantasmagorías que sustentan sus principios.

Por otra parte los peligros acechan. Hacer referencia a un movimiento de las vanguardias de principios del siglo 20 como fue el Dadaísmo, absorbido por el surrealismo francés y la nueva figuración alemana recién acabada la primera guerra mundial, no carece de riesgos. En el ismo se conceptualiza el sujeto que esencializa un proyecto en un tiempo determinado, que pasa con ello a convertirse en el núcleo de un sintagma nominal condenado a repetirse continuamente bajo la revisión permanente y la máscara del “neo”. En esto podríamos acudir al poder mesiánico del que hablara Benjamin, aquel que hace a cada generación responsable de lo ocurrido en el pasado, para dejar claro que toda recurrencia a la historia es un reconocimiento de que si bien las cosas están impregnadas por el tiempo, también están imbuidas de un principio intemporal que solo los espíritus independientes pueden percibir.

Pero el mayor peligro se encuentra en hacer del absurdo un principio. Hacer del absurdo  arte desglosa la posibilidad de mostrar que el arte es un absurdo, que su relación con el código materializada en un juego de sanciones y contra sanciones no deja de ser una estrecha relación de afinidad. Aún así, el último anillo de la percepción, alejado y quebrando su comunicación tácita con el código, expresa una demanda que si bien podría carecer de significado no deja de tener consecuencias.

 

PEPE ÁLVAREZ

Castro Crespo. La lectura total.

Juan Carlos Castro Crespo
Cajón de Sastre.
Museo Vázquez Díaz. C/ Hijos ilustres s/n Nerva.
Hasta el 26 de Marzo.

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En todo acto creador interaccionan dimensiones dispares de la experiencia; si chocan entre ellas el resultado es la risa, si se fusionan resulta una nueva síntesis intelectual. Pero solo si hay confrontación emerge una nueva experiencia estética. Castro Crespo (Huelva, 1948) nos invita en esta exposición a encontrarnos de lleno ante una confrontación multidimensional. En su difícilmente catalogable obra se configura la visión necesaria para aprehender una realidad siempre esquiva carente de vectores unidireccionales. Lo que puede intuirse tras el vaho de los cristales es el principio regulador en la obra de Crespo. En ella se evita la ascensión lineal para encontrar en el camino, como en una escalera de caracol, cientos de ángulos por donde recrear la experiencia.

En su poblada biblioteca visual, cargada de esencias, se agita un movimiento activo para el ánimo pasivo, una contundente gotita de fuerte pasión imbuida en el silencio. La contención es la prima. La grandeza en reposo la más alta meta de las artes plásticas. Los conceptos sólidos dan paso a las emociones dinámicas activando un vocabulario húmedo que reblandece la aridez del pensamiento común. Un poemario visual que va más allá de lo visual.

Para entrar en lo desconocido, esto lo sabe muy bien Crespo, los modales del conquistador no tienen validez. Es preciso perder y prescindir, porque es en la ausencia donde la presencia es figurada . Así  como vemos en las filas de sillas vacías alineadas frente a tres de las obras centrales de la exposición. Esperando una respuesta de las obras hacia las que dirigen su quietud y su vacío, expectantes a que una utópica coreografía sea lanzada a unos escenarios carentes de sombras, las sillas, dispuestas como antesala de los últimos misterios, parecen disponerse ante el pensamiento relajadamente alojado en el recuerdo. Un recuerdo inmanente común a todos en una suerte de memoria compartida.

La fórmula es lo de menos, solo basta entender que el contacto con la estela de lejanas y exóticas atmósferas se hace con las botas llenas de barro. Que los mil ecos de inmensidad pueden hacerse notar con los pies puestos en la tierra. No es necesario esperar una respuesta, la obra de Crespo nos invita a caminar por el abismo para abandonarnos en su mismo centro, haciendo visible que incluso allí es posible habitar si sensibilizamos lo suficiente nuestra mirada.

PEPE ÁLVAREZ.

 

La inefable voluptuosidad del código.

 

 

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Ismael Lagares. “From…To”

Sala de la provincia.
Martín Alonso Pinzón, 9, 21003 Huelva.
Hasta el 9 de Febrero.

 

En “From…to”, la individual que nos presenta en la extremadamente polivalente sala de la provincia, Ismael Lagares (Huelva 1978) activa ese lenguaje propio de la creatividad plástica que se forma y deshace constantemente, cuajando solo de vez en cuando pero siempre fluctuando, sin descanso, en el umbral de la conciencia. Un lenguaje que no termina de articularse, que se forma en esbozos, dibujando perfiles siempre inacabados, expresiones indistintas, fluidos sin concreción manifiesta pero con una enorme consistencia.

El gesto biológico en las abstracciones de Lagares se presenta en un proceso de continuo desarrollo. Su deseo de materialidad se manifiesta en la gran libertad que pueden asumir las distintas configuraciones de la forma. Lo inefable, aquello que no puede ser articulado, y esto lo sabían bien los neoplatónicos, se identifica por su incapacidad de aceptar predicados. El microcosmos de Lagares parece ofrecernos en bandeja un mensaje que a poco de ser percibido se nos escapa de entre los dedos. En el carácter pático de cada uno de los trazos la superficie pictórica alcanza el grado siempre abierto de campo de experimentación.

“Desde…Hasta”. El abismo se abre en el margen existente entre las dos preposiciones. En su densa magnitud la pulsión se repliega sobre una materia afanada en su búsqueda de la totalidad perdida.

PEPE ÁLVAREZ

 

Antonio Cazorla. La metafísica del instante

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Antonio Cazorla

Sala XXI, Museo de Huelva.

Hasta el 15 de Enero.

Las corrientes críticas que han arremetido contra los estilos dominados por un realismo exagerado y una correspondencia milimétrica con la realidad tal cual es percibida por un aparato fotográfico, han aducido en sus comentarios el carácter vacío y superficial en unas obras que parecen no ir más allá de una función decorativa o, aún peor, de campo de exposición de ciertas y determinadas habilidades manuales, de principios academicistas, cargados de valores pictóricos hace siglos expulsados de los ámbitos artísticos y condenados al cajón kirsch de la crítica.

Al margen de este tipo de críticas existen artistas cuyo proceso creativo aun se manifiesta como expresión íntima y personal; medio intransferible que les sirve para comunicarse con el mundo que les rodea, para conectar sus laberintos de soledad al ambiente circundante.

En el caso de Cazorla (Huelva, 1971) la técnica se pone al servicio de las sensaciones a transmitir. El mundo más íntimo queda expresado en un instante determinado por el gesto. La elección del instante, la ejecución en una ventana que fija, pincelada a pincelada mundos lejanos, revestidos de luces nunca del to…no siempre familiares y nunca del todo reconocibles. Habitan tras estas pinceladas ocultos caracteres no articulables de otro modo posible. Cazorla no persigue con su obra una verdad desnuda, sino una verdad espiritual, una realidad paralela en la que la temporalidad humana del espectador pasa a enfrentarse a la eternidad subyacente en sus escenas. La pasión que se revuelve dentro de la propia vida se escapa solo en apariencia. Inmóviles, los personajes se presentan como habitantes de esos otros mundos donde la idea de tiempo se desploma y la mirada se ralentiza profundamente. La visión percibida es incrustada entre las sensaciones táctiles que desprenden sus obras. Un constante enfrentamiento entre materia y espíritu.

El desgajamiento de la carne, de la apariencia superficial y libidinosa, de una técnica pictórica que asusta quizá por inalcanzable, por rigurosamente técnica, mecánica, fría y apoyada en el valor de la materia dominada, es un ejercicio fundamental por parte del espectador para extraer toda la belleza, el mensaje espiritual que habita en sus obras. El tiempo de observación, paralelo al presumible tiempo de ejecución, incita a una reflexión profunda, capaz de arrastrar los sentimientos más íntimos, vibrantes pulsaciones ocultas, a raíz de una escena que de otro modo parecería banal y fácilmente archivable.

 

PEPE ÁLVAREZ

Manuel Vázquez. La disolución del mito.

 

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¿Puede el arte interpretar nuestro drama? ¿O tienen sus distintas manifestaciones como  única función responder—reaccionar—a la frustración provocada por su manifiesta inutilidad?

La verdad es la conformidad de un conocimiento con su objeto. La superposición de formas que precedan a la experiencia de los sentidos su resultado. Un camino que nos lleva desde lo elemental al mito. Solo una firme creencia en lo elemental, del que el artista resulta un espectador privilegiado capaz de controlar y hacer visible a otros, puede invertir este trayecto. El arte, situado en los amplios espectros existentes entre un estímulo y su respuesta, desarrolla una experiencia en los márgenes del conocimiento que diluye los límites y las fronteras. Límites que encapsulan los sentidos bajo la falsa percepción de una realidad que siempre termina por mostrase ajena, inaprensible y esquiva ante todo símbolo.

En este punto la pintura de Vázquez resulta una pasarela que nos lleva del furor del mito al furor de lo elemental. Construye plataformas que nos sirven de reposo incierto, aunque tangible, sobre la incontestable inmensidad de un abismo que espera engullirnos. En la constelación pictórica de Vázquez, plagada de armónicas paradojas, se desarrolla un diálogo entre el azar y el cálculo. En su excesivo control del detalle queda aún lugar para el gesto caótico y desordenado, metamórfico e inestable, laberíntica distorsión cuya complejidad hace de toda intuición algo posible. Un continuo ajuste de impurezas. Lo que se pinta no puede ser sostenido con palabras.

La miseria del ser humano no es excepcional, sino común y omnipresente; ante ella…ante el drama desencadenado a su alrededor, toda certeza o idea de control se torna un insulto injustificado hacia cualquier forma de vida. Ante la terrible pregunta con la que se abría el texto Vázquez nos responde con nuevas preguntas, abriendo la dimensión simbólica de su trazo a una disolución de certezas a la que, por otra parte, tiende toda obra de arte. No nos ofrece respuestas, el arte nunca las ha ofrecido, por el contrario abre una puerta a la esperanza entendiendo lo que Cioran cuando afirmaba que «el mundo es un infierno donde a cada instante se revelan milagros».