En el principio…

 

MPJosé Pedrero, María Izquierdo, Jesús del Toro, Leticia Zamorano, Ángeles Cadel, Juan Barba y José Luis Montero. Primavera en verano. Pigmentos acrílicos sobre árboles situados en la vía pública. Nerva. España.
José Pedrero, María Izquierdo, Jesús del Toro, Leticia Zamorano, Ángeles Cadel, Juan Barba y José Luis Montero. Primavera en verano. Pigmentos acrílicos sobre árboles situados en la vía pública. Nerva. España.

 

«Lo que cambie nuestro modo de verlas calles es más importante que lo que cambie nuestra manera de ver la pintura»1.

Wittgenstein hacía una inocente analogía para explicar el paso del hombre creativo que se nutre de la inspiración, al ser humano legislado que se sustenta de un código dado, aludiendo al conjunto de reglas por las cuales se estructura un marco de vida en sociedad. Un grupo de personas practican un juego cuyas reglas se saben implícitas. Un colono, con ansias de conocer al grupo, apunta en una libreta lo que ve, con un fin didáctico y por amor al conocimiento. Wittgenstein introduce la grieta al afirmar que el acto mismo de escribir en la libreta hace cambiar el juego.  Así la división entre juego uno, juego de regla implícita, y juego dos, juego de legitimización, marca cierto grado de narratividad antropológica al devenir humano.

En este plano la ciudad es la creación máxima del juego dos. Platón decía que la ciudad era anterior a todo, incluso a lo que le precedía; rara circunstancia que se da porque la ciudad emerge cuando el fin de los otros modos de vida tiene lugar. Incrustado en su fin desde el principio la ciudad fue primero, puesto que toda agrupación humana tendía a la civilización. El árbol plantado en la ciudad, por su parte, en un agujero en el suelo repleto de tierra,  nos acerca a la comprensión de aquel doble movimiento freudiano: la impulsión a sujetar ese “resto de tierra”  Erdenrest, tan duro de llevar, a partir del cual fabricar objetos y valores socialmente útiles; y la motivación civilizada de un “más goce” que nunca es reductible a un “más útil”.

Desde esta perspectiva una intervención en la iconosfera pública del paseo de esta pequeña ciudad, pintando sus árboles supone la fractura entre el juego uno y el juego dos. Aquí la ciudad se ve infectada por el juego de regla implícita regido por la creatividad y la intuición, obligándola a convivir con aquéllo a lo que debe dar por acabado. Esta obra, en su conjunto, recuerda al medio urbano su pasado tribal, nativo, instintivo e inspirado. Y nos lleva con ello a plantearnos cómo debieron ver el mundo los primeros pobladores que no conocían la palabra.

Vemos en estos árboles la manifestación de un pensamiento otro, un pensamiento íntimo que somete al árbol a la extrema violencia de la desnudez. Desnudez dada al imponer a la materia expositiva de su accidentada corteza  la urgencia de reducir el gesto por parte de los artistas implicados.  El deseo se inscribe a partir de una contingencia corporal, es en el semblante metamorfoseado del árbol como el goce se evoca hacia la mente del caminante vegetativo y ensimismado de la ciudad, que sin intención de ver arte, ni asimilar proposición ni mensaje de nadie, se tope con una obra de estas características.

Lo inhóspito hecho habitable, el jardín en la calle, el árbol acotado, sometido a la recta línea de la avenida es imbuido hábilmente de la fuerza primigenia.  Herederos de unas reglas dadas y materializadas en el medio urbano, nuestro papel es parecido al de un espectador de teatro, que conoce las reglas pero no puede cambiarlas.2Cerca de estos árboles nos acercamos más al papel de los actores, que no conocen la regla, pero la viven. Como aseguraba Italo Calvino, “De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya. O la pregunta que te hace obligándote a responder, como Tebas por boca de la Esfinge”.3

 

PEPE ALVAREZ.

 

1.-Guy Debord.”Informe sobre la construcción de situaciones”1957
2.- Preciso sería afirmar que las reglas son continuamente transformadas, así el heredero de las reglas que no puede cambiar es el fabricante de las reglas futuras que no conoce. Somos  espectadores y actores a la vez, pero nuestra propiedad de  actores se manifiesta muchos años después de nuestra muerte.
3.-Italo Calvino. “las ciudades invisibles”1972
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