la pintura inhabitada

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Todo acto icónico es consecuencia de una estrategia significativa, y no podemos olvidar que, a lo largo de los siglos, «han existido múltiples artificios destinados a producir una representación icónica que una cultura dada considerase adecuada en relación a su sistema de organización de sentido»1 La organización de sentido de nuestra cultura heredera de la catástrofe y la gran devastación, pulula alrededor del miedo a la propia vida social externa y busca su posible solución en el búnker protector que tiene una paradigmática presencia en los súper búnkeres de los ultra ricos, esos «ciudadanos globales que viven mayormente sus vidas en naturalezas prístinas, ya sea haciendo trekking en Patagonia o nadando en las translúcidas aguas de sus islas privadas»2 que compran en centros comerciales fuera de horario habitual o entran en salas vip de discotecas y lugares de moda. No es este terror a lo humano presente—que no inhumanidad, sería error de cálculo confundirlos—sólo característico de los muy ricos, filtrado a todos los estratos sociales este miedo se funda también como deseo de las clases medias, que sueñan con poder comprar una mansión lejos de sus vecinos.

Así como sería un ejercicio de futilidad intentar ver un retrato de aquellos grandes señores que pintara Rubens sobre sus musculados caballazos en un lugar distinto a las escaleras de entrada de sus fortines-palacio, dando la sensación al visitante de su insignificancia ante el señor, nos despistaríamos al ver un paisaje urbano de, por ejemplo, Enrique Romero Santana en otro lugar que no fuera el piso más alto de un rascacielos de una megápolis. El búnker del señor. Estas pinturas han sufrido una suerte de mutilación preceptiva, el humano ha sido expulsado. No sólo vemos calles inhabitadas, más que eso, incluso las huellas humanas son borradas;  no hay desperdicios, paquetes tirados en el suelo, ni siquiera el resto desordenado de una estampida de última hora. Sólo paisajes con cierta presencia de ruina en descomposición bajo los efectos de su propia mortalidad, su oxidación, los efectos del tiempo sobre el material en reposo. No hay lugar para el análisis narrativo que permita tener en cuenta nuestros trayectos físicos a través de esos edificios y calles, canales y puentes, como posibles relatos.

Uno de los paisajes urbanos de Enrique Romero Santana
Uno de los paisajes urbanos de Enrique Romero Santana

Es irónica la imagen, también mutilada, de las calles pintadas de Paul Rouphail, donde los semáforos funcionan y las luces de los edificios están encendidas azarosamente a media tarde. Una broma elegante, la humanidad se ha largado y ha dejado las llaves puestas, pero no tuvieron a mal llevarse toda su mierda, toda su huella. Rastro de mierda inexistente en los bodegones  foto realistas de Roberto Bernardi  dedicado a figurar el supermercado perfecto, los brillos de los limpísimos lavabos y fregaderos atestados de cacharros despidiendo un brillo desnaturalizado, sin rastro de mugre, ni trazo de grasa, sin pelos, sólo el material como recién salido de fábrica, hasta la disposición de los trastos parece inhumana.  Como inhumanos, vacíos de presencia, los cuerpos envueltos de las pinturas de Robin Eley, listos para la venta, como los platitos de cera que imitan a los platos reales en la publicidad a pie de calle en los restaurantes de Japón.

La mirada despiadada del arte supera el límite del miedo en la obra de José Franco Fraga, sus rostros figurados en una técnica que imita hasta en sus fallos comunes—reflejos, contraluces, veladuras—a la fotografía, son cáscaras huecas, máscaras que encarnan seres que vuelven como presencias terroríficas. El rostro humano, caracterizado con un detalle casi microscópico, se muestra como aquellos paisajes urbanos, deshabitado, y no sólo desgajados de lo humano, sino, como ya señalamos, de su huella, estos rostros son los edificios arruinados por su propio peso de la pintura de Santana. El cromatismo de un plotter se manifiesta como una suerte de arquitectura dirigida a la deshumanización más salvaje y despiadada. No sólo no se intuye aire ni atmósfera en esas pinturas, no se aprecia alma ni espíritu alguno, todo parece envasado al vacío, la deshumanización es profunda y crítica. Como en las pinturas de Eley donde el cuerpo se muestra envasado en arrugados plásticos transparentes que hacen más vacía la desnudez de cadáveres en pose, que no es que parezcan muertos, ni siquiera que estén en el tránsito, sino que no han sido otra cosa que muerte. Es la figuración de un pensamiento real, no figurado, consistente en pensar la hostilidad del mundo como consecuencia del ser humano que lo habita y la deshumanización como salida al terror que causa el enfrentamiento a esa hostilidad.  Más que de pintura inhabitada, sería mejor hablar de una pintura inhabitable.

PEPEALVAREZ

Robin Eley

 

 

 

  1. Santos Zunzunegui. “Pensar la imagen” Madrid. Universidad del País Vasco. Cátedra.1989
  2. Slavoj Zizek. “Primero como tragedia, después como farsa” Madrid. Akal.2011
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Un comentario sobre “la pintura inhabitada”

  1. Hola, me gustan mucho tus comentarios. A veces me ayudan a descifrar las causas o el origen de emociones sentidas ante ciertasm visiones.

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