El otro lado

kevin Carter

Para Barthes la fotografía se define por una perfección analógica constituida por un mensaje carente de código, salvo el que le otorga la denotación. Pero hasta el mismo Barthes reconoció que la objetividad fotográfica era un mito que resultaba contaminado por el trucaje, pose, encuadre y manipulación de la imagen. Una imagen puede por sí misma crear una serie de imaginarios en el espectador que superan con creces la idea de visión primaria sujeta a la percepción física, incluso obviando la necesidad del mensaje a pie de foto que evite la polisemia, y parasite la imagen con significados secundarios.

Un niño con las manos en la cabeza de cuclillas sobre un campo yermo es observado por un buitre. A Kevin Carter le concedieron el Pulitzer en 1994 por esta fotografía tomada en Sudán un año antes, suponemos por el poder de la imagen para transformar en espacio simultáneo de elementos virtuales el tiempo lineal de una narración. Carter intentó defenderse de los ataques que le cayeron encima desde los sectores más críticos  por su indiferencia ante tan brutal escena, alegando que el niño estaba siendo alimentado en un campamento de la Cruz Roja, y que había ido a defecar en una explanada situada cerca, donde se tiraba la basura y solían posarse aves carroñeras, que el objetivo hacía que el buitre pareciese estar más cerca, estando muy alejado en realidad. No mucho después de que le concedieran el prestigioso galardón se sumergió en un río con un tubo atado al escape de su coche muriendo por la inhalación de los gases.

La imagen de un niño desnutrido agachado con las manos en la cabeza en una zona marcada por una hambruna feroz y vigilado de cerca por un buitre, jamás será leída por un occidental que lea el NY Times como un niño cagando a las afueras de un campamento asistido por la Cruz Roja cerca de un animal que buscaba entre el detritus algo que comer y que no era necesariamente el niño. Nunca. Sino como la desesperación ante la propia muerte de un niño y su indefensión ante una naturaleza que está esperando alimentarse de sus restos, y todo ello de forma contemporánea a nuestro avanzado y sofisticado mundo tecnológico y de compra masiva, de satisfacción plena con problemas de obesidad. Como el fracaso absoluto de toda nuestra narrativa de progreso y superación, como la caída de la máscara de la globalización.  Y el suicidio de Carter como un intento de redención por formar parte de toda una arquitectura de sentido que muestra una indiferencia total hacia problemas cruciales, sustituyéndolos por su representación comprimida en los medios. Es nuestra desesperación ante la invalidez de unos instrumentos a los que hemos otorgado proyección de utilidad sin someterlos a análisis.

Pero este parásito de significados secundarios está en nosotros, y es reducido a mera anécdota el hecho que el niño muriera muchos años después, algunos mantienen que sigue vivo; o que Carter se suicidara por problemas personales que ya arrastrara antes de tomar la fotografía. Porque esos significados que parasitan y polucionan nuestra percepción, ese germen de verdad que no puede ser ocultado y condiciona nuestra forma de aprehender el mundo aflora sin que podamos evitarlo y ejerce en nosotros una fuerza tal que no evita el rictus de lástima y desolación al ver la imagen.

La película de Billy Wilder, “Death Mills” -1946-rodada durante la liberación de los campos de concentración nazis, mostraba los rostros compungidos de alemanes obligados a recorrer y mirar las montañas de cadáveres hacinados, los cuerpos putrefactos en fosas comunes,  consecuencia espeluznante de las políticas de limpieza étnica de su antes aclamado gobierno. La espectacularización del terror como método curativo, como instrumento al servicio de la verdad, de la justicia. Una búsqueda de culpables que en el film de Alain Resnais, “Noche y niebla”-1955-se extiende desde la Alemania nazi a la Humanidad en su conjunto, cuestionándola ante un proceso aniquilatorio de tal magnitud. Pero si algo se nos muestra espeluznante hasta límites insospechados, es la película-documental de Kurt Gerron sobre el campo de Theresienstadt, donde los internos en el campo son mostrados trabajando, comiendo y hasta duchándose, mostrando sus bien nutridos cuerpos. Espeluznante por lo que sabemos que oculta. El mismo director fue enviado a Auschwitz antes de finalizar el rodaje.

Se publicitan desde plataformas humanitarias medidas que descansan en el granito de arena, en el “con un euro al día salvarás una vida”. La exposición de niños desnutridos, con las barrigas hinchadas, miembros esqueléticos, costillares visibles y mandibulas huesudas de hace veinte años han cambiado para mostrar niños enfermos con señales de desnutrición evidente pero no severa, para facilitar la empatía al ser más evidentes los parecidos con los niños occidentales. O simplemente una maniobra para que el disgustado televidente no cambie de canal con unas imágenes que le causan una mezcla de asco, pena y odio a sí mismo. Un cambio de estética, pero no de concepto. Éste, como el de hace veinte años, no supera los límites de una edificación discursiva construida para mostrar seres subordinados económica y moralmente a la caridad occidental. Niños y mujeres en campamentos, trabajando en pequeñas explotaciones que deben dejar claro que su lejanía geográfica se hace insalvable y que, por más que su ayuda se haga efectiva, esos otros seres lejanos que causan lástima, masacrados por el hambre y la enfermedad, jamás, jamás podrán convertirse en competidores efectivos de sus hijos o nietos.

En cierta ocasión un profesor de geografía nos espetó en clase que éramos unos privilegiados por vivir en el lado bueno del mundo. Yo no pude asimilar este privilegio en un sistema partido en dos mitades tan bien diferenciadas, y donde una sostiene a la otra, más aún, caí en la terrorífica cuenta de poder ser llevado, como los alemanes de la película de Wilder, por un circuito donde se me muestre a la fuerza la verdadera naturaleza del lado malo, los pilares roídos de nuestra historia y nuestra falsa idea de adelanto, y ver con ello lo que oculta nuestro propio campo de Theresienstadt.  Prefería, en todo caso, ser la víctima acechada, a las puertas de volver a una plácida inexistencia, que representaba, pero no era, el niño de la foto de Carter. Y vi como única salida lícita y moralmente aceptable, perteneciendo al privilegiado lado bueno, al lugar del que no podemos escapar de la pesadilla ni olvidar nuestra impotencia, la de caminar bajo unas aguas hacia la auto-aniquilación como hizo el propio Carter. De alguna forma un paisaje puede ser visto como paisaje, aunque lo que muestre no sea bello en absoluto. Mientras tanto todos seguimos siendo subnormales.

 

PEPE ALVAREZ.

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