Ángel Romero.Cartografías

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Un diálogo genera siempre una imagen poliédrica que surge como resultado de la relación entre el ser y su medio.  El entorno natural en el que nacemos y crecemos nos marca desde el principio, desde su climatología hasta la orografía del terreno,  donde cada desnivel, cada color imperante ejerce una fuerza transformadora en nosotros. Una fuerza que nos acompaña toda la vida allá donde vayamos.

El cuerpo se presenta en este contexto como laberinto que encierra e ingiere al individuo bajo múltiples capas que ocultan el interior. Capas que son en múltiples ocasiones falseadas por el maquillaje, pequeña frontera a la que se le pide como mayor requisito a su calidad el parecer que no existe, y cuyo fin es transformar, ocultar las distintas inscripciones que la piel muestra como relato. Hay muchas historias escritas en un cuerpo, cada poro, cada pelo, cada arruga, cada cicatriz es huella de una de ellas, un relato vivo, un vestido de cartografía privilegiada, un trazo de camino invisible emitido como un grito al exterior.

Rodeado de múltiples laberintos, el ser humano, encerrado, busca con insistencia una salida que le lleve al orden caótico que le ofrece la naturaleza, derrumbando con ello los principios de rectitud, previsibilidad de comportamiento comunitario y obediencia pública de la costumbre, el hábito y las tradiciones. Ante esto el medio natural, contrario a la idea de reclusión tiende a liberar. El recorrido que nos muestre la salida, que nos libere del apresamiento tiene que darse indudablemente allá donde la frontera entre exterior e interior muestre un hueco, una fractura.

Ángel Romero (Berrocal-Huelva-1973) insiste en la busca de esta salida fabricando pasarelas en las fracturas existentes entre el ser humano real-natural y las múltiples acotaciones de comportamiento que son fabricados o heredados por la tradición que nos separan de nuestro origen natural. La proyección de paisajes, del paisaje duro y pelado de su zona natal, derrumba estas construcciones de algún modo artificiales, contenidas en el gesto serio y hasta desafiante de los retratados, cuyos rostros median entre la insensibilidad propia de los retratos de Ingres y la inmediatez de una Polaroid. Las imágenes proyectadas sobre los torsos toman la forma de  vestiduras, bandera por excelencia en nuestro orden social, otro laberinto. Un maquillaje limitado que, como la máscara, puede quitarse o cambiarse cuando se desee haciendo su uso reversible, ocultando con ello el síntoma del que se hace fetiche. Pero a diferencia de las vestiduras asociadas a la idea mortal de la moda, estas proyecciones visten de manera irreversible a los individuos marcándolos a fuego, como un tatuaje, marca que muestra sus límites manifestando la revelación de lo oculto, lo enterrado bajo la piel.

La existencia reaparece siempre por fuera, es perdida en la medida que es encontrada. En un mapa cartográfico todo se reduce a minúsculos trazos para hacer del territorio algo abarcable, algo sometido a la mano del hombre que traza y proyecta deseos sobre el papel extendido. Ángel rechaza el mapa y proyecta el terreno directo, sometiendo a examen anatómico a la piedra, al mineral, al salto de agua, al surco erosionado. Mostrando con ello una orografía del deseo a través de una cercanía que abruma más por lo que oculta que por lo que revela.

El concepto freudiano Das unheimliche—lo  siniestro—, opuesto a lo conocido gravita en estas obras, profundizan en ello hasta llegar a una médula central que airean, esto es confunden, por un proceso de disolución con el paisaje lo oculto con lo mostrado. El artista recrea y altera el paisaje medioambiental al someterlo a la limitación de carne sobre la que es proyectada. Con ello asume el riesgo de perturbar la previsibilidad que el ser aplica al medio natural  y hasta de invertir la relación del hombre con el medio al que ha dado por sometido a sus necesidades.

La obra que nos presenta indica la idea de desplazamiento, entendido éste no como deriva, sino en el amplio sentido lacaniano de construcción. Estos retratos guardan una naturaleza ontológica que, y sigo con Lacan, pone de manifiesto el encuentro, siempre fallido, que nunca origina una superposición sino una tangencia, entre necesidad e imposibilidad. Necesidad de  transformar el “ahora” de la carne, del órgano con fecha de caducidad, en el “siempre” de la piedra, del paisaje que se mantendrá inalterado en el tiempo que vaya entre el nacimiento y la muerte de los retratados, que se ha mantenido inalterada entre el nacimiento de la humanidad hasta hoy y que puede ser el ejemplo más claro de eternidad al que tenemos acceso. Necesidad en fin, de reducir la naturaleza geológica a la métrica de la conciencia humana. Dos elementos irreconciliables en todo caso. Tanto el ahora como el siempre pierden su plenitud si logramos anclarnos al “nunca” en lo imposible.

Se puede ver más sobre esta magnifica exposición en http://www.elfotomata.com/pages/exposicion/576?locale=en

PEPE ALVAREZ-

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