man-o-matic. Mecanismos del yo en la era tecnocrática.

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Intentar que una generación que ha crecido viendo la MTV contemple un espacio de exposición como algo que no sea un escenario polivalente donde los distintos canales comunicativos explotados a lo largo de la historia de las artes se muestren en una amalgama heterogénea, sería un trabajo absurdo. Captar la atención a través de la imagen en la cultura contemporánea, cualquiera que sea el medio usado, requiere la disputa de espacios completamente saturados por el mercantilismo de productos visuales dirigidos a una inmediatez de respuesta no generada con fines descriptivos, sino de acción. Más allá de este marco, en la calle, un artista debe establecer una codificación clara, explícita, que marque su territorio en un medio visualmente hostil pero a la vez abierto a la percepción del más heterogéneo de los públicos.

Man o matic interviene con sus pinturas la ciudad, se apropia del espacio computado por la publicidad. Lo hace suyo. Lo manipula inoculando un germen narrativo que es prestado al caminante-habitante de la ciudad para ser reclamado en cualquier momento, en un contrato de incierta permanencia. Y lo hace a un espectador que no busca esta relación, más bien se topa con ella provocando un tropiezo comunicativo, una interrupción de su aburrido miraradelante programando el siguiente paso.

En esta exposición, en un contexto tan diferente al que habitualmente trabaja como es la sala expositiva de un museo, man-o-matic reflexiona alrededor del concepto de sujeto, entendido en el marco de nuestra cultura, que parte del presupuesto socrático del «conócete a ti mismo», con la consiguiente emergencia del “otro”, aplicado a la aparición y explotación de subjetividades en el escenario de los medios virtuales de comunicación contemporáneos. Del discurso autorreferencial al borde del exhibicionismo aplicado a las nuevas tecnologías y la consiguiente aparición del yo como un extraño otro, como una ficción privilegiada desde una argumentación irreal.

Sería un error dejar de lado lo que de reto tiene este proyecto en la forma de trabajar para cualquier artista de la calle, por cuanto exige cambiar de lugar de exposición, de uno tan inmensamente rico y polivalente, además de controlado por su técnica, a otro más propio de la pintura clásica y el resto arqueológico. En efecto, la cáustica sala de exposición, su blanco impoluto, sus focos dirigidos, la naturaleza hermética y la consecuente disgregación de la obra expuesta en ella dista mucho del medio urbano, caótico de sonidos, saturado de códigos visuales, peligroso, sucio, extremadamente heterogéneo y preparado para aplastar y engullir en su naturaleza entrópica—propia de medios que se mueven a gran velocidad—a todo lo que se quede estático y no siga su ritmo.

Reto también al enfrentarse a un espectador que va a ver voluntariamente la obra. No se tropieza con ella, sino que va a buscarla en la sala cargado de cierta previsión, con unas expectativas fabricadas sobre con qué va a encontrarse. Presuponiendo que se dirige a un espacio de disgregación expositiva y canalizadora de una comunicación hasta cierto punto controlada. En este sentido el reto se presenta en la terrible impredecibilidad de los condicionantes puestos en juego en un contexto tan diferente a este tipo de manifestaciones artísticas.

En un principio podría decirse que juega con ventaja, la llamada de atención está asegurada en la sala expositiva. Pero en la sala, al no sufrir las continuas agresiones sensoriales a la que es sometida en los espacios urbanos, la obra se enfrenta a la posibilidad de verse reducida a mero pastiche de una radicalidad que se torna innecesaria entre cuatro paredes. A convertirse en una  llamada neutral y sintética, sin valor contestatario, domesticada y mostrada como un animal salvaje en su jaula.

En la calle la obra toma para sí un espacio y se enfrenta al espectador en su condición de desplazado. Aquí, en la sala, la desplazada es la obra y el espectador toma su lugar. Mantener este tejido pleno de capacidad comunicativa en un medio tan segregante y tan poco propicio para una obra pensada para la calle es algo que expande los límites del arte y sus capacidades de expresión.

Sería conveniente usar, en sustitución del manoseado y hasta beatificado término “interactivo”, el más preciso de “relacional” cuando se habla de la obra de man o matic. El tejido discursivo que crea con el espectador va más allá de la llamada de atención, porta una cualidad de sentido viva, manteniendo intacto su mensaje y su capacidad de llamada a pesar del desplazamiento que sufre la obra. Man-o-matic mantiene la tensión entre espacios y narración equilibrando, en un ejercicio conciliatorio, lo estático y sepulcral de la sala con lo vivo y mutable de la calle, sin caer en la sensualidad excesiva ni en la conceptualización de su radicalidad.

Sin embargo, podríamos llegar a preguntarnos si la obra de man-o-matic pertenece realmente a la calle o muestra, por el contrario, la intención de regalarnos un pedazo de alta cultura entre las esquinas donde mean los perros callejeros, o en las puertas de garajes y locales donde es contratado para decorar con sus murales temáticos. Hablar de Arte en mayúsculas es siempre peligroso para  cualquiera que tome la calle como contexto creativo. El mercantilismo aflora1 y la sala—y más si es de un museo—tiene la capacidad de transformar en Historia todo acontecimiento, por más radical que prometa ser.  Desde luego sus obras han superado el reto del traslado y han encajado a la perfección bajo techo. Pero, ¿A qué se debe esto? ¿A la capacidad de la sala de asimilar la amalgama discursiva de la que hablamos al principio? ¿O a que los murales callejeros de este artista ya estaban domesticados antes de entrar en el museo? Incluso más allá, ¿No sería posible que la obra de Man o Matic haya sido concebida desde el principio para colocar en la calle lo que estamos acostumbrados a ver en un Salón de Exposiciones?

PEPE ALVAREZ.

1-Desde luego el concepto de exposición puntera aflora en las dos salas del museo que emplazan la exposición. No falta la videoproyección acompañada de música ambient con imágenes que apelan al psicoanálisis jungiano. La pseudo-performance gastronómica de un cocinero de última generación muy amigo del artista y, quién dice que no? también artista. Tampoco el video expuesto a la entrada de la sala con los trabajos del pintor. Todo esto impide dejar de lado que el concepto de merchandising y el intento de dotar a su obra de un copyright genuino parecen primar sobre la pretensión de radicalidad crítica hacia la sociedad contemporánea.
Man-o-matic "Selfiel"
Museo de Huelva 
hasta el 3 de Mayo

 

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