Wild Welva. La ciudad como escenario de intervención

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Si existe un territorio donde más estrategias de comunicación se ponen en juego es la calle de una ciudad. Caminando por ella asumimos, en la misma cadencia de nuestros pasos, el presupuesto de formar parte de distintos escenarios de los cuales somos actores. Los escenarios cambian con suma velocidad en el medio urbano, sus laminaciones nos obligan a cruzar fronteras continuamente, pero siempre con la idea de un acuerdo social entre las partes vinculadas en la relación1. Sistemas comunicativos propios de una ceremonia escenificada ante la mirada pública. Una suerte de retórica regulada para no dar la nota o llamar la atención. Un mecanismo cuyo fin es la indiferencia de los demás caminantes para convertirnos ante ellos en seres transparentes.

En los márgenes de este escenario múltiple, en paredes medio derruidas del característico casco urbano de Huelva, en sus rinconcillos arquitectónicos, como sin querer hacer demasiado ruido, Wild Welva introduce unos trabajos que asumen la estética propia de las ilustraciones de libros juveniles. Una figuración suave, contrastada, mayoritariamente monocromática y de trazo seguro y limpio. Con ella desarrolla una narrativa sencilla cuyo centro figurativo son los animales, un bestiario selecto con el que expone argumentaciones de fácil digestión no abiertamente conflictivas pero sí críticas.

Wild Welva evita al hombre en sus composiciones para hablar precisamente de él. Traza una línea paralela, un “otro lado” desde donde sus animales, sin la más mínima carga humana, nos observan, imitan nuestros juegos de poder depredador-presa, ponen de manifiesto nuestras incongruencias sociales, nuestras evidentes fracturas morales. Una ballena exhala humo negro, tras ella un polígono industrial. Un caballo sangra por un costado anunciando la inminente temporada de romerías donde el maltrato a las caballerías se pone de manifiesto cada año. Dos chimpancés forman una bolita con la cera de un cirio, juego propio de las procesiones de Semana Santa, solemne parodia. Un imponente león descansa junto a un cordero. Un simio nos observa con gesto irónico desde una figurada ventana enrejada. Todos representan una tragedia que interrumpen para contemplar al espectador-caminante,  haciéndose indiferentes a su propia narración, esperando una respuesta, formulando una pregunta. En el instante preciso pasan a ser reflejo del que los mira y muestran su parodia como un desafío. De esta forma los discursos que fluyen por los distintos cauces comunicativos de la ciudad, quiebran sus centros y son colapsados por esta sencilla interrupción.

En estas intervenciones la carga crítica se manifiesta de una manera amable, nada violenta, elegante y serena. El resultado es un poema visual cuya estrofa es la ciudad misma. En ella desencadena diálogos no solo a través de sus ilustraciones, sino de la pared que las sostiene y la disposición del terreno y el mobiliario urbano que rodea el espacio intervenido. No transforma la ciudad en espacio escenográfico, eso ya lo era, lo que consigue Wild Welva con sus discretas ilustraciones es transformar este espacio y reconfigurar gran parte de sus significados. La pared antes transparente al ojo del caminante se hace portadora de un síntoma, señalando la emergencia de suspender por un momento ciertos presupuestos en favor de la reflexión, de la cautela y la introspección que nos debemos como comunidad.

PEPE ÁLVAREZ

1-Hablo de un tipo de control social informal, propio de la terminología de Goffman, en contraposición a la intervención institucional. Uno no puede ir por la calle, pararse, ponerse a cuatro patas y pretender pasar desapercibido, las miradas, quizá fugaces, de los demás caminantes que desviarán sus pasos para no pasar cerca, le harán saber que está rompiendo la regla que adecúa su conducta a un marco determinado y por ello es tomado como una amenaza. Romper las reglas conlleva ser tomado por un trasgresor, un individuo no suficientemente domesticado al que debe ser arrancado el halo de inadecuación o anormalidad antes de ser aceptado de nuevo. Estas reglas cambian con los tiempos, lo que hoy se admite hace trescientos años no, y viceversa. Aunque la tendencia en sociedades avanzadas es la apertura en cuanto a admisiones de comportamiento antaño considerados como anormales, en realidad, bajo estas admisiones subyacen incontables mecanismos para neutralizarlos de antemano y reducir su grado de amenaza.

 

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