Overli. La naturaleza dinámica del punto.

autorretrato
Vivimos asediados por imágenes que se remiten unas a otras dentro de un campo de reverberación, reiteración y repetición que tienen como fin acelerar los procesos interactivos de comunicación y consumo. Sin embargo existen unas imágenes donde la cháchara continua de la comunicación interesada cesa. Imágenes que invitan a una concentración interior. Que nos transportan a un reino de lo invisible. Estas imágenes muestran una enorme resistencia a ser colgadas en un tiempo o época determinada. No se confunden con el parloteo historicista, remiten al silencio y la introspección. En ellas el tiempo habita en su totalidad fragmentado en partículas infinitesimales no reductibles que forman parte de un todo conjunto del que participan sin centro nuclear posible.

La obra de Overli—Isidoro Fernández— 1952-2001, transita a medio camino entre estos dos tipos de imágenes. Su pintura muestra la concentración de una agitación interna, extremadamente violenta en algunos casos, que reverberan en los márgenes de sus composiciones. Campos de fuerza contenidos como átomos que permiten el acceso al tiempo como infinito acontecimiento habitable. Una figuración turbulenta con la que accede a un subfondo de realidad interiorizada a través de la cual se niega el exterior, pero no se anula.

La naturaleza del tiempo como acontecimiento se pone de manifiesto en sus obras a través de la atomización de formas, cuerpos y planos volumétricos. Cada trazo, cada línea, cada punto parecen conectados en un juego de cuerdas invisibles que da acceso a este primer e infinito acontecimiento.

Su estética combina rasgos de la escultura etrusca, la composición espacial de los frescos romanos y la quietud y contención silenciosa y enigmática de los primeros flamencos. Su iconología forma parte de una mística terrenal, del barro y la arcilla donde el enigma del objeto es desvelado como pieza fundamental en la construcción del Universo. Una mística posible. Su rico imaginario, construido a lo largo de toda su vida, es un culto a la naturaleza inmadura de la percepción.

Nadie es nunca contemporáneo de los sucesos que le matan, o le quitan la vida poco a poco. Aquellos que buscan la originalidad de su estilo se afanan en hallar algo que no está en su mano, dado que el estilo emerge colectiva e inconscientemente como parte de un periodo histórico concreto. Es este proceso colectivo el que valida la obra de un artista a nivel comunitario por cuanto la función principal del arte es cohesionar al ser humano con su entorno. Su visión de autoría como proceso colectivo permitía a Overli trabajar en una obra que competía a todo ser humano perteneciente a cualquier época o cultura. Una obra siempre inacabada, en continuo proceso, de la que él se sabía un constructor más.  Es preciso un artista que se entienda llamado a transformar la realidad para rescatarla del espacio y del tiempo accediendo a una dimensión temporal distinta de la lineal. Que rescate al espectador de su anclaje al  fondo de repetición y recurrencia infinitos donde se halla sumido.

Pero para que esto suceda se ha de rechazar la condición contemporánea del ser, o más bien ampliarla a una contemporaneidad vigente a toda época y estación. Es en este sentido por lo que la obra gráfica de Overli está muy lejos de ser a-temporal, más bien es con-temporal a toda época, a todo tiempo. A la esfera de los pre-rafaelistas, esa corriente artística artificial y sofisticada que, intentando escapar de lo rancio y decadente del arte académico de finales del 19 se hizo portadora de su insoportable hedor, se le pudo achacar como síntoma el que sus modelos figurados recordaran a personas reales adheridas y condicionadas por su tiempo, mientras que las figuras de Giotto jamás pudieron ser relacionadas con nadie. Su representación, la de Giotto, así como la de Overli, era universal, despersonalizada pero no por ello menos humana. Esta es la pintura que subyace a todo canal estilístico, a toda corriente temporal, los artistas toman las herramientas de trabajo como testigos de una obra jamás acabada. Forman parte de una cadena que nos trasciende a todos. Una obra de agregación continua, que no depende de una línea temporal porque el tiempo acecha, vigilante en la búsqueda de aquellos que realmente estén preparados para continuarla.

La obra de Overli se nos presenta bajo un proceso de actualización imparable. No manipulada por su tiempo. Habitando un terreno de mutación que apela a nuevos géneros de percepción. El universo creativo y sensitivo de Overli contrapone, en un dialogo fluido, el poder estimulante de la búsqueda con el poder inductivo de la razón. Pulveriza las formas y la luz en una operación que no deja nada al azar ni a la incertidumbre. La imagen overliana, cargada de la espiritualidad de la sustancia metamorfoseada, desvela los profundos secretos de una vida transfigurada por la magia. Apropiándose de los espacios luminosos y cromáticos construye una esfera instrumental a la que dota de sentido y nos muestra con exquisita sensibilidad que debajo de la riqueza constructiva de la realidad se esconden formas simples. O más bien la nada.

PEPE ÁLVAREZ

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