El acoso de la estética oculta.

Señuelo4_2015_Madera_cuchillos_plástico_13x58x58cm
Javier Map. Señuelo 4, Madera, cuchillos, plástico, 13 x 58 x 58 cm. 2015

¿Y qué es arte?—me pregunta deslizándose por la feria con sus pies de pluma de alca, mirando a un costado y otro del pasillo ficticio, ladeando su melena roja, con aire despreocupado.

Ya surgió la preguntita, tengo que decir algo. Su pelo incendiaba el recinto. Sobrevino un silencio, dejaron de escucharse voces, la lacia música ambiente se disipó como una nube, las conversaciones que pasaban como sirenas de ambulancia se suspendieron en un fino ruido blanco. Era el fin, el peso del tejado crujía sobre la estructura de acero y todo el recinto se prensaba como una naranja podrida contra el suelo.

Se jodió la noche, ¿qué puedo decirle yo ahora? Siendo sincero preferiría masticar mis dientes antes que hablar de qué es o no es arte.

—Pues arte es eso—le dije señalando la primera chorrada que vi expuesta. Nos paramos en seco.

—¿Eso?—dijo reactiva, la pelota mostraba aún un resto de haber sido roja, parecía descomponerse lentamente en una vitrina llena de agua, podían verse, en su fondo, los arenosos posos que una efímera cascada rojasangre depositaba desde la redondez de la ridícula masa. Tenía su gracia porque dibujaban un círculo casi perfecto, reflejo bidimensional, como decadente, de su forma original.

—Pues sí, eso, ¿no ves que si está aquí es porque quiere decirnos algo?—Una mitad se descomponía con cierta velocidad ante la impasividad de la mitad que no estaba sumergida.

—¿Y qué es eso que quiere decirnos?—algunos pedazos se desprendían de manera perezosa, y se deshacían en una arenilla imperceptible antes de llegar al fondo.

—Pues—mi lengua se tropezó con una cuerda vocal, hice un esfuerzo por no pensar en la cara de imbécil que tendría puesta—a lo mejor con este gesto el artista intenta dinamitar el teorema de Arquímedes al introducir el elemento tiempo en una ecuación de carácter efímero—me quedé como si acabase de vomitar, y ante lo turbado de su rostro me apresuré a decir:—algo parecido a lo que hizo Picasso con la ventana euclidiana, ya sabes, en las señoritas de Avignon.

—Ah vale, se acercaba y ladeaba la cabeza ante la vitrina dejando un pequeño cerco de vaho cálido y translúcido sobre el cristal.—¿Cuánto crees que valdrá?—Preguntó al aire como si realmente no le interesase la respuesta.

—¿Está aquí no? Los stand de esta feria cuestan una pasta, el galerista se la juega con su dinero, supongo que mucho. No escuchó la respuesta y se alejaba colocando suavemente en su lugar la tira de alguna prenda que yo no podía ver, incendiando con su pelo la inmensidad caústica de la feria, hipermercado de la desolación.  Desde la nuca cierto alivio se derramó por mis piernas, desparramándose, caótico, a lo largo de la alfombra. Lo he vuelto a hacer, siempre consigo parecer idiota ante ella.

—Al margen de la muerte del arte, la de Hegel o la de Schiller, qué importa?, y de que la palabra arte no es un adjetivo sino más bien un sustantivo adjetivable. No veas en el arte el objeto, o la acción cosificada. Fíjate en el error. La Historia del Arte no es más que la historia de las excepciones. Excepciones cosificadas en una cadena canónica, por supuesto.—al fin posa sus ojos en mí, me escucha, como si supiera qué voy a decirle a continuación— Arte es un acontecimiento, un momento de dimensiones epifánicas, en el que distintos elementos, espectador incluido, se alinean como cadena significante. ¿De qué? Pues de una proposición ofrecida por una conciencia a otra y sin un acuerdo previo sobre el uso de un lenguaje convenido. Y lo mejor es que el acontecimiento nunca se cierra, la correa de significaciones se plantea en gerundios.—se  acerca a mí, hasta tengo la oportunidad de coger su mano flotante, pero me parece una perversa marca de posesión y la dejo estar—Es eso—mis palabras volaban como globitos de helio, los halógenos artificiaban el ambiente con sus elegantes mantas de luz proyectada—un estar siendo. Eso es, un estar siendo, una conjura sin centro de gravedad determinado.

La corriente penetraba violenta desde la puerta principal y sentí como se clavaban en mi espalda los millones de agujas de un gélido día de febrero. Alcé la vista y ella estaba como a un kilómetro de mí, apenas podía ver su roja mata de pelo entre el mar de bolitas peludas que como núcleos inquietos se agitaban entre sí sin chocarse. Había estado hablando solo todo el tiempo, oí un chasquido, luego, un frío eléctrico me desgajó de la piel durante un segundo. Me recupero, pero sin fuerzas. Cuando creo estar con ella se ha ido, siempre es así, una danza pírrica. Antes de lanzarme aquella pregunta ya la había perdido. Me dejé arrastrar arremolinado por una masa de anónimos parlanchines, convencido de que estar solo y ser idiota no era tan malo si lo reconocías a tiempo.

 

PEPE ÁLVAREZ