Ana Campos Saa. Presente en acto.

 

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En la relación causal entre elementos que se genera en cualquier acontecimiento estético es el espectador el único que está en movimiento. Captarlo, estatificarlo delante de la obra, es el primer efecto que, como condición principal necesita una pieza para ser efectiva. A esto se refiere Darriulat al ver en la perspectiva de Uccelo un instrumento para atrapar la mirada y capturar al espectador llevándolo dentro de la imagen. A este respecto se podrían trazar incluso líneas evolutivas en la historia del arte, atendiendo a la validez de unos mecanismos en lugar de otros para tal fin.

Pero este estatismo que se asume en la obra reduciéndola a mera trampa visual no es del todo real. Suspender un momento es hacerlo partícipe de otros momentos ajenos a su tiempo y esto es en sí un movimiento. No se puede ser a la vez todo y algo, fijar la percepción en un punto implica rechazar todos los demás. Toda determinación es una opción y, en consecuencia, una negación. Poseer el objeto—y su representación es un modo de hacerlo—conlleva un estado crónico de éxtasis por posesión que, extendido en el tiempo, tiende al relajamiento de las emociones provocadas en el sujeto que las posee. Aprehender una realidad y hacerse con ella puede llevar a su corrupción, debida a nuestro dogmatismo en cuanto a la apetencia de cosas macizas y sustanciales. Es preciso dotar a la obra de un campo de reverberaciones que mantengan la atención estática—estética—del espectador ahora desgajado de un tiempo y un lugar determinados.

En su obra Ana Campos nos ofrece verdaderas experiencias de autenticidad, reflejo, ante todo, de un compromiso interior con la realidad que nos rodea. En sus composiciones, plenas de un lirismo punzante, aísla lo cotidiano de la imagen real, la fotografía comercial y artística, el cine y todo el material visual que llega a sus dominios, sesgos de una realidad que parece ser percibida siempre de reojo y de modo oblicuo, para imbuirlos de un halo estético. Por medio de un mecanismo de acercamiento ocular al detalle y de una técnica precisa, consigue transformar lo efímero y virtual de una imagen, en objeto artístico real y tangible.  Lo meticuloso, fiel y exacto del trazo de sus obras no oculta el componente personal que nos ofrece a través de su fuerza plástica. Una visión limpia y abierta a una dinámica expresiva portadora de infinitos mensajes ocultos a la percepción común.

De una imagen no es tan importante lo que vemos como lo que vivimos, sobretodo en un escenario de esquemas mercantiles donde el producto visual trabaja más bien para expulsar la mirada, invitándola a devorar nuevas imágenes bajo la dinámica de la eficiencia. En el acto cotidiano el instante captado es mutación, lo que acaece entre intervalos de secuencias imprecisas, materia inconsistente, casi inexistente, de una realidad que desaparece casi sin dar tiempo a proyectar sus sombras. La continua lucha que se percibe en la obra de Ana Campos contra la oscilante e incierta momentaneidad temporal, dota a sus trabajos del halo misterioso y ambiguo de la Esfinge y la potencialidad insinuada del enigma inherente.

 

PEPE ÁLVAREZ

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