Antonio Cazorla. La metafísica del instante

arcilla

Antonio Cazorla

Sala XXI, Museo de Huelva.

Hasta el 15 de Enero.

Las corrientes críticas que han arremetido contra los estilos dominados por un realismo exagerado y una correspondencia milimétrica con la realidad tal cual es percibida por un aparato fotográfico, han aducido en sus comentarios el carácter vacío y superficial en unas obras que parecen no ir más allá de una función decorativa o, aún peor, de campo de exposición de ciertas y determinadas habilidades manuales, de principios academicistas, cargados de valores pictóricos hace siglos expulsados de los ámbitos artísticos y condenados al cajón kirsch de la crítica.

Al margen de este tipo de críticas existen artistas cuyo proceso creativo aun se manifiesta como expresión íntima y personal; medio intransferible que les sirve para comunicarse con el mundo que les rodea, para conectar sus laberintos de soledad al ambiente circundante.

En el caso de Cazorla (Huelva, 1971) la técnica se pone al servicio de las sensaciones a transmitir. El mundo más íntimo queda expresado en un instante determinado por el gesto. La elección del instante, la ejecución en una ventana que fija, pincelada a pincelada mundos lejanos, revestidos de luces nunca del to…no siempre familiares y nunca del todo reconocibles. Habitan tras estas pinceladas ocultos caracteres no articulables de otro modo posible. Cazorla no persigue con su obra una verdad desnuda, sino una verdad espiritual, una realidad paralela en la que la temporalidad humana del espectador pasa a enfrentarse a la eternidad subyacente en sus escenas. La pasión que se revuelve dentro de la propia vida se escapa solo en apariencia. Inmóviles, los personajes se presentan como habitantes de esos otros mundos donde la idea de tiempo se desploma y la mirada se ralentiza profundamente. La visión percibida es incrustada entre las sensaciones táctiles que desprenden sus obras. Un constante enfrentamiento entre materia y espíritu.

El desgajamiento de la carne, de la apariencia superficial y libidinosa, de una técnica pictórica que asusta quizá por inalcanzable, por rigurosamente técnica, mecánica, fría y apoyada en el valor de la materia dominada, es un ejercicio fundamental por parte del espectador para extraer toda la belleza, el mensaje espiritual que habita en sus obras. El tiempo de observación, paralelo al presumible tiempo de ejecución, incita a una reflexión profunda, capaz de arrastrar los sentimientos más íntimos, vibrantes pulsaciones ocultas, a raíz de una escena que de otro modo parecería banal y fácilmente archivable.

 

PEPE ÁLVAREZ

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