El (Sin) Sentido de la (No) Nada. Arturo Comas en La 13 Dadá Trouch Gallery.

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La trece Trouch Gallery inicia su camino por el desfiladero del sentido con una exposición del artista Arturo Comas (Sevilla,1982) cuya obra levanta un conato de sospecha sobre las cualidades del lenguaje a la hora de articular la realidad que habitamos. Si en el principio fue la palabra, esta se mostró insuficiente para expresar el mundo que nos rodea. De manera inevitable a todo mensaje se escapa una parte de sentido que lo hace, no solo insuficiente como herramienta de expresión por parte de un sujeto, sino, más allá, incapaz de retener significados y fijarlos. Es preciso hacer implosionar, por usar la terminología de Wittgenstein, el lenguaje desde su mismo centro, quemar la escalera que nos permite subir al piso de arriba.

Arturo Comas trabaja desde las fisuras expresivas por donde el contenido significativo de un lenguaje tiende a escaparse. Deconstruyéndolo y ampliando sus márgenes posibilita la liberación del espíritu de lo finito o más bien al contrario, muestra su total dependencia física. Un ejercicio de ablandamiento, en todo caso, de ciertas cualidades del lenguaje endurecidas por el confiscamiento del código por parte, no de un poder al que señalaría Foucault, sino, aún peor, por la fuerza de un entrópico hábito. Se trata pues, no tanto de una destrucción como de un acotamiento efímero dentro de un nuevo campo de posibilidades positivas.

Borges decía que el idioma español tiene una palabra para cada cosa. Un localismo como trocho, palabra que desactiva cualquier índice de malicia en una broma, pero también en una profundidad alojada entre un temor opresivo y una liberación exaltada, lo demuestra. Lo trocho ahuyenta el peso del mundo pasando de puntillas sobre los significantes que lo abruman, resquebrajando con su bufonería la coraza del guerrero o la persistencia del reló. La 13, Dadá Trouch gallery—hasta su intento de deslocalización en su giro hacia la lengua franca es trocho—abre sus puertas con la intención de liberarnos del trauma al que nos condena el uso—y abuso—del lenguaje, la semántica convencional y la razón instrumental, aislando los pocos elementos de realidad (Ballard) contenidos en la mezcla de ficciones y fantasmagorías que sustentan sus principios.

Por otra parte los peligros acechan. Hacer referencia a un movimiento de las vanguardias de principios del siglo 20 como fue el Dadaísmo, absorbido por el surrealismo francés y la nueva figuración alemana recién acabada la primera guerra mundial, no carece de riesgos. En el ismo se conceptualiza el sujeto que esencializa un proyecto en un tiempo determinado, que pasa con ello a convertirse en el núcleo de un sintagma nominal condenado a repetirse continuamente bajo la revisión permanente y la máscara del “neo”. En esto podríamos acudir al poder mesiánico del que hablara Benjamin, aquel que hace a cada generación responsable de lo ocurrido en el pasado, para dejar claro que toda recurrencia a la historia es un reconocimiento de que si bien las cosas están impregnadas por el tiempo, también están imbuidas de un principio intemporal que solo los espíritus independientes pueden percibir.

Pero el mayor peligro se encuentra en hacer del absurdo un principio. Hacer del absurdo  arte desglosa la posibilidad de mostrar que el arte es un absurdo, que su relación con el código materializada en un juego de sanciones y contra sanciones no deja de ser una estrecha relación de afinidad. Aún así, el último anillo de la percepción, alejado y quebrando su comunicación tácita con el código, expresa una demanda que si bien podría carecer de significado no deja de tener consecuencias.

 

PEPE ÁLVAREZ

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